En el último post decía que tenía menos ganas de escribir y que me embargaba cierto aburrimiento. Hoy agradezco tener esta oportunidad para expresar mi pesar y tristeza por la muerte de Luis Alberto Spinetta, “el Flaco”.
Y nada mejor que este blog que no es de futbol, sino que es un espacio que trata sobre River Plate, que, como todos sabemos, es mucho más que fútbol. Y el Flaco era de River, y era el inolvidable anillo del Capitán Beto, su banderín de River Plate y sus aventuras por el espacio.
Recuerdo en 1984 que tenía un cassette que registraba un concierto del Flaco en Obras. En medio de un tema, Spinetta gritaba al publico, “Ricutti viejo nomás, vamos Alfonsin, vamos Argentina, Viva River” Estábamos en plena primavera democrática, el estadio estallaba y eso reflejaba lo que muchos sentíamos, en momentos en que todo era posible. “Mañana es mejor” pensábamos y estábamos seguros que iba a ser así. Dos años después, el Tano Alzamendi la metía en Tokio y ganábamos la Copa intercontinental. No había límites.
Para mucha gente, la muerte de Spinetta es algo más que el fallecimiento de un famoso. No creo en delirios unanimistas ni nacionalistas. Es más, mucha gente ignora quien era el Flaco y a otra mucha gente ni siquiera le gustaba o le importa un rábano el tema. Pero muchos de los que hoy lo lloramos lo hacemos porque su muerte es también la de un pedacito del mundo distinto con el que soñamos hace un par décadas.
Lloramos a Spinetta como algunos lloramos hace poco a Alfonsín, aunque no lo hubiéramos votado. Como cuando se fueron Borges, Cortazar, Milstein, Favaloro, Piazzola, Bioy Casares o Mercedes Sosa. Lloramos por comparación con lo que tenemos y nos queda. Nos lloramos a nosotros mismos y a una Argentina mejor que no fue y que no sabemos si algún día va a existir.
Y eso incluye a River. Ese River glorioso que conocimos es también parte de ese mundo que se fue, que nos quitaron y que nosotros también dejamos ir. El que nos quedó es el River de la B, de la corrupción, el de los jugadores desconocidos y mediocres, de la desorganización, de las barras asesinas, los cheques que se esfuman, los pibes que se venden y el chanterío permanente como religión. Un club donde un jugador que apenas está un poco arriba de la media, lo bardéa al Capitán Beto en todos los diarios del país y a casi nadie parece importarle. En el mundo y en el club que quiero, a los ídolos se los cuida y al pasado se lo respeta. Y eso creía también el Flaco, que en un reportaje cuenta que:
Podrán decirme que soy pesimista o que me quedé en un pasado idealizado. Puede ser. Pero siento que muchos hinchas cambiaron generacionalmente y/o trocaron su identidad. Cada vez que voy a mi querida San Martín alta, veo como se va perdiendo aquel maravilloso “paladar negro”, el que nos hizo fuertes, distintos y famosos en el mundo. A cambio, adoptamos el looserismo místico de Racing y la adoración a la hinchada de los Bosteros.
El Flaco era un lirico y un poeta, no podía tener otro destino que ser un seguidor de la banda. Nos deja un mensaje. Ojalá lo escuchemos antes que sea demasiado tarde.
Chau Flaco, gracias por todo.
Personas como el Flaco no mueren nunca; siempre quedará guardados en un rincón de nuestro alma para recordarlo eternamente en cada uno de nuestros delirios y tristezas, y apoyarnos en toda la magia que nos dejó para ayudarlo también a él a demostrarle que mañana será mejor, en todo sentido. Un abrazo, aguante River y el arte.